No hay nada más satisfactorio que un trabajo bien hecho

Finca la Estacada

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Hay tierras cargadas de horizontes y de silencios, tierras duras y pobres, que son, por el contrario, un filón para la viña y el vino. Cuenca es el ejemplo. En el camino que nos lleva a sus tierras altas, dejando Tarancón a la espalda rumbo a la histórica ciudad, se levanta un pequeño templo del vino. No es un lugar de oración para rendir culto al dios Baco sino una nueva bodega de nuestro tiempo.

La bodega se adapta a la viña que la circunda, integrándose en ella como el ‘château’ en el ‘cru’, al tiempo que se adapta al paisaje con su arquitectura de ladrillo mudéjar típicamente manchega. La edificación se abre al norte, dejando delante de la fachada un gran espacio ajardinado como un oasis de frescor y sosiego, que contrasta con el centelleo del acero de las tinas a cielo abierto, tal y como aparecen en las bodegas californianas. 

Todo este paisaje de obra humana es fruto de la ilusión de la familia Cantarero Rodríguez, apellido curtido en diferentes aventuras vitivinícolas y con gran arraigo en estas tierras conquenses. La filosofía con la que han creado la bodega es la de apostar por revelar el perfil de calidad que poseen los vinos de estas tierras sin que el consumidor tenga que pagar un precio mas allá de lo razonable.